Wednesday, April 18, 2012

75% of PERSONAL INCOME TAX for millionaires: social justice or punishment to the rich one?

Si los franceses le aúpan a la presidencia, como pronostican los sondeos, François Hollande pretende elevar hasta el 75% el tipo impositivo para las rentas superiores al millón de euros. Para algunos, se trata de una valiente reacción ante los desmanes de un mercado que adjudica a directivos y profesionales hipercualificados salarios cada vez más astronómicos e injustificados; para otros, constituye una iniciativa populista, un expolio que castra la legítima remuneración del talento, del mérito y del esfuerzo y que no tocaría a los verdaderos ricos, cuyas rentas pasan por vías no sometidas al IRPF. Para todos, debería ser una inquietante señal de alarma sobre el creciente peligro de choques entre clases en las sociedades occidentales.

La brecha entre la renta de las clases altas y la de las bajas se ha ensanchado paulatinamente en Occidente desde mediados de los ochenta. Datos publicados por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) indican que el fenómeno ha sido casi generalizado. Hasta 2008, una fase de expansión económica bastante sostenida permitió a una mayoría muy amplia de ciudadanos mejorar su situación —aunque algunos lo hicieran mucho más rápido que otros—, y la cuestión de la desigualdad de la renta pasó bastante inadvertida.

Incluso el hecho de que los tipos impositivos máximos cayeran de forma abrupta en todo Occidente a partir de la era Thatcher/Reagan no ha provocado resistencia muy notable por parte de las clases bajas en las últimas dos décadas.

Pero, ahora, la crisis agudiza el fenómeno de la desigualdad, con amplios sectores sociales que se deslizan hacia la pobreza mientras las redes de protección se hacen cada vez más pequeñas.

Stephen Jenkins, profesor de la London School of Economics, lleva años estudiando la desigualdad en la distribución de la renta. Según sus investigaciones, la crisis se divide en dos partes. "En la primera [grosso modo 2008-2009], los sistemas de protección social de los Estados funcionaron bastante bien, y no hubo un marcado incremento de la desigualdad. Pero el escenario ha cambiado en la segunda parte de la crisis, cuando han empezado a entrar en vigor los planes de ajuste. Es probable que a medio y largo plazo las consecuencias sean marcadas", opina Jenkins, en conversación telefónica desde Londres.

En esas circunstancias, ciertos sueldos se antojan cada vez menos comprensibles. Pueden suscitar indignación. Hasta hostilidad.

Fenómenos como el movimiento de los indignados españoles, el Occupy Wall Street —con su retórica en contra del 1% más rico de la población—, o los disturbios en Reino Unido del pasado verano tuvieron sin duda entre sus fuentes de alimentación ese sentimiento.

La propuesta de Hollande es la cristalización política de ese malestar social. No es la única. El presidente estadounidense, Barack Obama, está impulsando un proyecto llamado Buffett Rule, debatido esta semana en el Senado.

El proyecto debe su nombre al célebre multimillonario Warren Buffett, quien recientemente declaró que el tipo impositivo que él paga es inferior al de su secretaria. No hace falta defraudar a Hacienda para que así sea: basta con aprovechar los agujeros del sistema. Con su propuesta, Obama pretende que los millonarios paguen al menos un 30% de impuestos sobre su renta. El propio Buffett está de acuerdo, pero el Partido Republicano ha bloqueado la legislación. Mitt Romney, probable rival republicano de Obama en las elecciones de noviembre, pagó en 2010 un 13,9% sobre ingresos de unos 21 millones de dólares.

Aunque parezca increíble, el tipo máximo de IRPF en Estados Unidos era del 75% en 1981. Hoy, esto es simplemente impensable. La propuesta de Obama, mucho más moderada que la de Hollande, es aun así demonizada por sectores de la derecha estadounidense como un síntoma de oscuros anhelos cuasicomunistas.

Aunque sean diferentes, las ideas de Obama y Hollande son la traducción política de la sensación de que las élites han tenido demasiada barra libre en los últimos años.Los economistas coinciden en que la maniobra de Hollande tiene un impacto recaudatorio, en el mejor de los casos, marginal.

"Desde el punto de vista recaudatorio, es una medida puramente simbólica", considera Juan José Rubio, catedrático de Hacienda Pública y exdirector del Instituto de Estudios Fiscales. "Es una iniciativa que afecta a un colectivo de gente muy reducido y con una gran capacidad para deslocalizar rentas y patrimonios a otros países. Por tanto, la propuesta puede llevar hasta a una pérdida recaudatoria. Tipos impositivos cuasi confiscatorios generan reacciones estratégicas por parte de los afectados. Sobre todo en un territorio económicamente integrado como la Unión Europea. Alemania incrementó el tipo sobre renta del capital y se produjo una salida masiva".

El propio Hollande dijo al respecto: "No es una cuestión recaudatoria; es una cuestión moralizadora". En 2006, pronunció una frase que todavía le persigue: "No me gustan los ricos". En esta campaña ha reconocido que se trató de una salida infeliz, y ha precisado que no le "gustan las remuneraciones insultantemente altas". Ahí está el quid, moral, de la cuestión.

En 1979, el director ejecutivo medio ganaba 30 veces más que su empleado medio. Hoy, unas 110 veces más. Los datos se refieren a Estados Unidos, y la fuente es la Casa Blanca. El patrón es, en sus rasgos generales, extrapolable a los otros países occidentales. Aquellos que apoyan la medida de Hollande lo hacen porque, fundamentalmente, consideran injustificados ciertos niveles de renta; que los ejecutivos no pueden haber cuadruplicado su inteligencia y eficacia en 30 años.

Por el otro bando, se yerguen los argumentos en defensa de la libre remuneración del mérito, del esfuerzo, del talento. Se sostiene que los verdaderos ricos tienen rentas que no tributan IRPF, ya que proceden de capital o sociedades. Y si el César se lleva un 75% en impuestos, es imposible atraer a los mejores cerebros en una economía global hipercompetitiva.

Hollande replica que también atacará en los otros frentes y que, se mire por donde se mire, y aunque sean pocos, aquellos que tienen un salario de más de un millón al año son ricos. No se está hablando de un normal directivo de empresa.

Un 61% de los franceses, según los sondeos, apoya la medida de Hollande. Sin duda, un buen chute electoral para un candidato que sufre una clara erosión, en su flanco izquierdo, por el avance de Jean-Luc Mélenchon.

Muchos progresistas aplauden. Liberales y conservadores acusan a Hollande de soplar sobre un fuego populista peligroso por un puñado de votos.

Michael Förster, analista jefe del departamento de Distribución de la Renta y Pobreza de la OCDE, añade un elemento interesante de reflexión, en conversación telefónica desde París. "Las maniobras por el lado de los tipos de impuestos tienen sin duda un efecto sobre la igualdad. Sin embargo, un factor más relevante todavía en ese sentido es el formato de las prestaciones sociales. Estas han sido menos eficaces desde mediados de los años noventa, y el crecimiento de la desigualdad ha dependido en este periodo en mayor medida de esa menor eficacia de las prestaciones sociales y no tanto de la vertiente de la recaudación", comenta Förster.

De hecho, pese a la caída de los tipos máximos de IRPF —desde un 49,3% de media en 1994 hasta un 41,5% en 2010 en la OCDE—, la recaudación total se ha incrementado de forma generalizada en los países occidentales hasta el estallido de la crisis. El problema no es que hubo menos dinero para redistribuir. Es que o no se utilizó de forma del todo eficaz o, por lo menos, que los ingresos de los ricos crecieron de forma mucho más rápida.

Jenkins, de la London School of Economics, cree que el factor clave para la divergencia es el mercado del trabajo. Otras causas mencionadas a menudo son la globalización y el desarrollo tecnológico, dos elementos que desfavorecen a los trabajadores menos formados y brindan grandes oportunidades a los más cualificados.

Esta situación, naturalmente, es un caldo de cultivo para reivindicaciones políticas; y, en lamentables casos extremos, protestas violentas. Jonathan Haidt, profesor de Psicología Social de la Universidad de Virginia, señala que, según sus estudios, el elemento desencadenante de la rabia social no es tanto la desigualdad en sí como la falta de proporcionalidad.

"Creo que, psicológicamente, el aspecto clave no es la igualdad de los resultados: es la proporcionalidad", dice Haidt, en conversación desde Nueva York. "En Estados Unidos, por ejemplo, hay una generalizada aceptación de la riqueza como consecuencia del mérito. Nadie tiene ningún problema con que Bill Gates o Steve Jobs acumularan esas enormes fortunas. El problema surge cuando cunde la percepción de que la riqueza no es proporcional al mérito, sino consecuencia de rentas de posición, ventajas fiscales, ayudas legislativas, etcétera. La equidad está en la proporcionalidad, no en la igualdad. Sin proporcionalidad, surge la rabia", comenta.

La rabia es un caso extremo. En la cotidianeidad, el riesgo es una creciente compartimentación clasista de la sociedad. "Esta tendencia económica de acentuación de la desigualdad se refleja cada vez más en el mundo a nuestro alrededor", considera Jenkins. "Basta fijarse en cómo vive la gente. Literalmente, dónde vive, compra, se divierte. Creo que avanzamos hacia una división social en un sentido mucho más amplio de los que hemos conocido en las últimas décadas. Hay un grupo de gente rica que ve cada vez menos necesidad de interactuar con el resto de la sociedad. Pienso que esto es socialmente muy corrosivo y divisivo. Y, aunque es difícil probar la causalidad, pienso que la desigualdad fue probablemente uno de los elementos desencadenantes de los disturbios en Reino Unido el año pasado", concluye.

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